
dos días en Viena. Inauguración de Bernardí Roig en Mario Mauroner. Una exposición extraordinaria con Wittgenstein y Bernhard como protagonistas. Pego un discurso en inglés en el que intento sacar una sola idea: el autor del Tractatus tenía claro que su disposición "artística" no permitía que saliera a la superficie lo que llamaba la "vida salvaje". Nos tratan con enorme amabilidad en la galería. Comemos un gulash que me perfora el estómago. A la mañana siguiente, bajo una lluvia gallega, vamos a la Casa Wittgenstein convertida en el Instituto Cultural Búlgaro. El edificio está en mucho mejor estado que aquel que yo me imaginaba. Imponente. Hay algo tremendo en esta construcción: el suelo negro, las ventanas inmensas, la geometría inflexible. Subimos, entre Antonio Morán y yo, el único cierre metálico que no ha sido condenado. Wittgenstein construyó, no cabe duda, un bunker, un espacio monadológico en el que encarceló su mente tan obsesiva con la idea de culpa. Me ha emocionado esta visita a uno de esos lugares que tenía mitificados. Lo bueno es que no me ha decepcionado a la manera del huevo kinder sorpresa. Tendré que escribir más despacio sobre este lugar...
Podéis continuar la saga (esperemos que larga e igual de entretenida (a pesar de su insistencia en lo "bello";-)) en
http://fernandocastroflorez.blogspot.com/