mientras Takeshi Kitano en Takeshi's nos ofrece una "vomitona visual" al más puro estilo de David Lynch (a lo largo de toda la película no podemos evitar reminiscencias constantes en la conformación del relato) Gus van Sant con Last Days traza un recorrido poético hilando más fino con unos diegéticos y al mismo tiempo simultáneos puntos de vista que convergen en tres puntos de sutura que funcionan a modo de bisagra (nos atrevemos a decir hipertextual)

El tiempo funciona como un laberinto suspendido: no es reversible, pero puede ser revisitado por diferentes puntos de vista.
Jordi Costa, El muerto que farfulla
en cualquier caso, la esquizofrenia resultante en el beat Kitano
Pesadilla egomaníaca y paranoica sobre la psicopatología de la fama, Takeshis es, a su modo, el Ocho y medio (1963) de Kitano, pero también su Mulholland Drive (2001): un laberinto de montaje desconstructivo que cruza los caminos de dos Kitanos posibles -el triunfador y su reverso- en una ficción que dice inspirarse en la matemática fractal, parece poseída por el espíritu del teatro del absurdo y recrea ritualmente el mito trágico de Chapman y Lennon.
Jordi Costa, La fama mata
y el suicidio inevitable latente desde el primer fotograma del Blake(William) más romántico, nos dicen más bien poco bueno del efecto de esta categoría sobre la persona que ha de soportarla.
Si bien revisando la actitud de Carlos Pazos hacia este mismo concepto, cuya obra podemos recorrer en el Reina Sofía en "no me digas nada", se retuerce sobre la ironía, como se nos explica en el tríptico:
Su trabajo se inserta en el marco de la estética del silencio, entendida como un deseo de nada frente a la pérdida de la ingenuidad y frente a la constatación de la imposibilidad de la imagen de constituirse en realidad. Las políticas de la identidad (silenciada mediante una máscara narcisista), las poéticas objetuales (ensamblando souvenirs despojados de su tiempo real) y el gusto por lo abyecto (declinado ahora como fetiche) son las líneas que articulan todo el ruido con e lque Carlos Pazos construye su silencio: decir que ya no queda nada por decir. (...) El propio artista, al referirse a sus inicios, afirma: "Yo no quería ser nada. En realidad, yo no quería ser. Pero puesto qeu estaba ahí [...] Puestos a ser, ser nada. Puestos a estar, con las estrellas. Ser star." Se trata de un planteamiento tan irónico como revulsivo, ya que la voluntad de ser una "estrella" es, en realidad, una forma de diluirse en una imagen, una estrategia de ocultación tras una máscara vacía.
Nos llega desde hipertextualidades, vomitonas visuales y otros vicios culturales


