Enganchados en las redes locales
22-07-06 Mr X
Por Juan Francisco Alonso.
«Los amigos de mis amigas son mis amigos», rezaba una letra ingenua del final de los despreocupados ochenta. Ese mensaje de Objetivo Birmania, entonces zumo de verano, resume hoy la penúltima revolución de internet.
Los analistas de tendencias dicen que las redes sociales empiezan a desplazar a los blogs, pero lo cierto es que en una habitación sin paredes hay hueco para todos. Para la visión personal del mundo que aportan los bloggers, y para crear gigantescas comunidades de internautas que comparten su amistad o su gusto por la literatura, por citar dos ejemplos no necesariamente incompatibles.
Como casi todo en el universo on line, el concepto de red social es tan nuevo que, si fuera un electrodoméstico, aún estaría en garantía. Las primeras comunidades virtuales aparecieron a principios de siglo. Unos años después, casi cada día tenemos noticia de algún proyecto que invita a «conocer gente, compartir fotos, enviar mensajes, recomendar discos, formar grupos de aficiones?». Son sitios que, de alguna manera, sustituyen al club social de nuestros padres, o a la plaza del pueblo de los abuelos, pero con infinidad de posibilidades, más de las que ni unos ni otros soñaron.
El éxito de MySpace (setenta y cinco millones de visitantes, «a place for friends») ha probado hasta qué punto la unión hace la fuerza, moldea los gustos, cambia la forma de relacionarse, impulsa el éxito de películas o videojuegos, y, por supuesto, crea plataformas más o menos uniformes en las que los anunciantes se mueven con la agilidad de las pirañas en el Amazonas. Por estos «centros de entretenimiento», una especie de mall virtuales, viajan los mensajes de los amigos, las fotos de la fiebre del sábado noche, la canción que se bailará este verano en la playa, el libro que será bestseller impulsado por este peculiar boca a oreja o quizá las claves de alguna cita a ciegas.
Se comparte todo. Fotos (Flickr, cien millones de imágenes), vídeos (YouTube, veinticinco millones de visitantes diarios), opiniones (Rateitall), amigos del colegio (Bebo, es.passado.com), o actuales (spaces.msn.com, espacio frecuentado por un público muy joven)? Hay cientos de sitios parecidos, muchos anglosajones aunque también abundan los locales. En todos ellos basta con registrarse ?de forma gratuita? para comenzar el juego. El usuario crea su perfil, para que los demás sepan quién es, sube fotografías, aporta comentarios, participa en «quedadas» (citas reales entre conocidos de la Red), comparte su música (o la ajena), ríe las gracias o llora las desgracias de los que se convierten en sus nuevos amigos.
Éxito. Estos escaparates han agitado el negocio en la Red (Yahoo pagó el año pasado treinta millones de dólares por Flickr, sin ir más lejos) al mismo tiempo que han cambiado la forma de relacionarnos o de acceder a determinados productos culturales. Una comunidad on line puede crear un éxito comercial (basta con citar los casos de Amo a Laura y Opá?, en YouTube) o modificar radicalmente el tradicional mercado de los anuncios clasificados, desde el alquiler de viviendas hasta la búsqueda de empleo o de pareja más o menos estable. Craigslist.org tiene doscientas versiones en otras tantas ciudades de medio mundo, un boom sobre todo en Estados Unidos que lleva a su fundador, Craig Newmark, a contar su experiencia de foro en foro. El próximo, Picnic06 (crossmediaweek.org), en Amsterdam, a final de septiembre.
Hay iniciativas que parecen multinacionales, como Technorati, la lupa que observa el «planeta blog», y otras más modestas. Un grupo de amigos españoles acaba de crear Dejaboo, «red social de cultura y entretenimiento», otra forma de aprovechar estos (e)patios de vecindad. Tras unas semanas en danza, con acceso en esta primera fase por invitación, ya han reunido a cerca de ochocientos usuarios cuyo nexo en común es su interés por la cultura, la oportunidad de convertirse en críticos y escribir sobre cine, literatura, videojuegos? Cuando un usuario conecta con las opiniones de otro la tela de araña cobra sentido, se extiende, se retroalimenta.
Movilidad. Los profesores de la Universidad de Wharton han censado unas trescientas redes sociales, aunque las direcciones van y vienen con una extraordinaria movilidad. «Estas cosas pueden tener un crecimiento exponencial. Luego, si surge otra comunidad que ofrece algo mejor, puede haber una migración en masa», explica David Bell, profesor de Marketing de Wharton. MySpace, sitio por el que la compañía de Murdoch pagó hace un año en torno a 600 millones de dólares, y Facebook (facebook.com) encabezan hoy el pelotón, pero se suman novedades en sesión continua. Algunas con relativo éxito, como Orkut, la alternativa de Google, que, curiosamente, sólo ha cuajado en Brasil; otras muy recientes, como la de Yahoo (360.yahoo.com) y algunas en fase de lanzamiento, como la de Aol (start.aimpages.com) o la de Microsoft (mywallop.com).
Todos se apuntan a una fiesta que tiene un evidente cariz económico: ¿cómo sacar el máximo provecho de un potencial de millones de usuarios/consumidores que registran voluntariamente sus datos, sus intereses?, se preguntan en los despachos de las multinacionales del chip, donde se aboga por la integración de las distintas tecnologías del software social (mensajería instantánea, blogs?) y por la movilidad (que el teléfono sirva para enviar y recibir mensajes desde esas enormes comunidades on line). Más allá del negocio, los investigadores de la Policía se preocupan por si esta exposición pública de detalles íntimos pudiera ser utilizada de forma perversa: los ingleses dicen que el 61 por ciento de los adolescentes de entre 13 y 17 años tiene sus perfiles personales en alguno de esos portales. La Universidad y las empresas, por último, tal vez hallen un pozo sin fondo de material para el estudio de «lo que se cuece» en el mundo real. Así somos, para bien o para mal. O así es esta nueva tribu que vive en las redes sociales.
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